Mascaroides en NY – Epílogo
Publicado el: 14/04/2016, por : Tillinghast
Las máscaras de Nyarlathotep - La Llamada de Cthulhu - Partida de Rol por Skype - Epílogo Nueva York

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APARTAMENTO 408
DEL HOTEL CHELSEA
15 DE FEBRERO DE 1925,
A ÚLTIMA HORA DE LA TARDE


Han transcurrido tres semanas desde el enfrentamiento final con los sectarios de La Lengua Sangrienta y un mes exacto de la trágica muerte de Jackson Elías

Esta mañana, en al apartamento ocupado por Peterson y Sforza, se ha reunido un numeroso y variopinto grupo de individuos. Cada uno de ellos tiene sus motivos y sus objetivos, pero a todos les une la necesidad de saber qué misterio o misterios perseguía Elías.

Quien ejerce de anfitriona es Antonella Sforza, que se ha instalado en el apartamento 408 junto a Peterson, también presente en la reunión. El fotógrafo está sentado junto a un caballete que sostiene un mapamundi enmarcado. La escritora y erudita permanece de pie frente a una mesa llena de papeles, libros y libretas. Ante ellos, ansiosos espectadores, están Lelland, Chambers y Hartland; sentados el doctor en una butaca y los otros dos en incómodas sillas.

Y es que el doctor y veterano de guerra aún estaba débil de las heridas sufridas en el enfrentamiento con los sectarios. Aquella herida de bala le hizo perder mucha sangre. Los médicos, cuando lo atendieron en urgencias, no daban crédito a lo que veían: según ellos Chambers debería haber llegado cadáver al Bellevue. Recordando eso, el doctor acaricia con cariño la placa de latón que cuelga de su cuello. Por su parte, el geólogo, aunque con leves secuelas, había sobrevivido bastante entero al cautiverio al que le habían sometido los de La Lengua Sangrienta.

Cerca de ellos, de pie, un joven de pelo rubio ondulado y anteojos aguarda nervioso. Se llama Gabriel Hatfield y es un astrónomo británico, profesor asociado de la Columbia. Cuando ha llegado tan sólo se ha presentado y Antonella se ha limitado a mencionar el interés de Elías por una amistad del astrónomo. Junto a él está Smollet, pensativo mientras fuma su pipa, preguntándose dónde se habría metido Mitchelson. Del corrector no se sabe nada. Los que entraron en el metro aseguran haberlo rescatado de las garras de los cultistas, aunque la policía que intervino tras oir disparos en los túneles no tiene constancia de haber llevado a nadie con ese nombre al hospital. Según las autoridades, Mitchelson había sido detenido por homicidio imprudente y había salido de prisión bajo fianza. Algo más apartado está el abogado y político Walter Wooderhouse, postrado en una silla de ruedas. No está impedido, pero aún no se ha recuperado del tiroteo sufrido semanas atrás cerca de La casa del Ju-Ju. Afortunadamente, no se llegó a saber qué demonios hacía en Harlem a esas horas de la noche, pero no le acusaron de nada ni le salpicó escándalo alguno.

Falta el detective Sam Spade que está recorriendo la ciudad y llamando a todas las puertas buscando a Mitchelson.

En ese momento llaman a la puerta. Peterson se levanta y acude a abrir: son Lee Scott Aussie. Estan nerviosos y llevan las ropas sucias de grasa y hollín. La mestiza va vestida al estilo ninja y lleva consigo la caja de las pistas de Elías;  con desperfectos y manchada de barro y sangre. El australiano, por su parte, lleva algo voluminoso envuelto en una sucia piel de leopardo.

Mientras Peterson cierra la puerta, los recien llegados depositan las cosas encima de la mesa, solemnemente.

Hasta hoy no hemos podido ir al túnel para recuperarlos – reconoce Lee – Lo oculté todo en un hueco cuando la policía apareció. Así pude escabullirme sin ser descubierta, poniendo a salvo todo esto.

El bulto de la piel de leopardo parecía llamar a gritos a todos los presentes, atrayendo su atención de forma malsana.

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